Y la visita al jardín del corazón en sí fue rara, fuera de que esté casi perfectamente logrado todo; el lugar de las cosas, el significado de sus creencias, etc, etc, había algo que para mí no encajaba. Tal vez el solo hecho de que sea una imitación del concepto original provocaba ese vacío en mí. La representación nunca logró el alcance que esperé, es más, algún motivo o alguna razón me deprimía demasiado y hacía en vano mi pasar por ese lugar.
Ver a mis compañeros corriendo felices, riendo, sacandole fotos a todo lo que se les cruzara, gritando e interrumpiendo ese silencio sereno me hizo alejarme del grupo, caminar a solas por los árboles y por los puentes, observar el pequeño lago guardando la distancia y darme cuenta lo que me desagrada estar con mucha gente en el mismo lugar. Había un sentimiento de invasión en el aire, un sentimiento de evocar algo que no nos pertenece, que no es nuestro. Es más que claro que ese jardín japonés estaba creado solo con un fin comercial, cosa que me molestaba aún mas.
Aunque no, está bien que haya espacio para estas cosas, supongo, siempre había soñado con pasear por uno, con lograr meditar en uno, pero siempre lo imaginé distinto, siempre me imaginé sintiéndome parte de él.
Qué vendría siendo nuestro realmente? Qué nos pertenece realmente? El pez dorado se acercó a mi cautelosamente y me observó imperturbable, su mirada era plácidamente atenta, me veía tal cual como yo lo veía y por un momento me pareció que se acercaba a mi moderadamente... Luego, el pez rojizo del centro del estanque lo alcanzó y parecieron danzar ligeramente uno al rededor del otro. Caminé a la salida y me subí al bus a esperar el regreso de mis compañeros, por fin dejé de sentirme un intruso más en ese mundo desconocido, que al principio catalogué como de que algo le faltaba y ahora creo que más bien era algo que le sobraba. Nosotros.
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